
Por Antonio Urbina Mendoza
Columna de opinión para elnoticiario.com.co
Hay preguntas que incomodan porque obligan a mirarnos sin filtros. Esta es una de ellas. No se formula desde el insulto, sino desde la desesperación moral: ¿en qué momento dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en mercancía?
En la actualidad, la política, la vida social y hasta las relaciones más íntimas parecen regirse por una lógica única: el valor de las cosas —y de las personas— se mide en dinero. No en principios. Tampoco en coherencia. Menos en dignidad. Dinero.
El problema no empieza en los grandes escándalos de corrupción. Es más profundo, más cotidiano, más silencioso. Empieza cuando un voto tiene precio. Cuando una opinión se ajusta al mejor postor. O un contrato se gana no por mérito sino por cercanía. Cuando el silencio se compra. Cuando la conciencia se alquila.
Y entonces surge la pregunta inevitable: si todo tiene precio, ¿qué somos?

El sistema político actual no solo tolera esta realidad: la necesita. Funciona sobre la base de intercambios disfrazados de oportunidades. Favores por cargos. Lealtades por contratos. Discursos por financiación. No es un error del sistema; es su combustible.
Pero sería ingenuo señalar únicamente a los políticos. La red es mucho más amplia. Está en el empresario que paga por ventaja. En el funcionario que acepta. O en el ciudadano que justifica. En el amigo que recomienda sin ética. En el familiar que aplaude lo indebido porque “al menos está resolviendo”.
Todos, de una u otra forma, hemos sido tocados por esta lógica.
Y aquí es donde la crítica se vuelve incómoda de verdad: no es solo que nos compren, es que estamos dispuestos a vendernos. A veces barato. A veces sin siquiera darnos cuenta.
Vendemos tiempo sin propósito. Permutamos convicciones por comodidad. Vendemos relaciones por conveniencia. Vendemos silencio por miedo. Y en ese proceso, algo esencial se pierde: la noción de que hay cosas que no deberían tener precio.
La ética, por ejemplo.
Durante años nos enseñaron que los valores eran el cimiento de la sociedad. Hoy parecen ser un accesorio opcional. Algo que se menciona en discursos, pero que estorba en la práctica. La honestidad se ve como ingenuidad. La coherencia como obstáculo. La integridad como desventaja competitiva.
¿En qué momento dejamos que eso ocurriera?
Tal vez cuando empezamos a admirar más al que “logra cosas” que al que hace lo correcto. Quizá cuando el éxito dejó de medirse en impacto y comenzó a medirse exclusivamente en ingresos. A lo mejor cuando normalizamos frases como “todo el mundo lo hace” o “si no aprovecha, otro lo hará”.
Ese es el verdadero punto de quiebre: la normalización.

Porque una sociedad no se degrada únicamente por los grandes actos de corrupción, sino por la suma de pequeñas renuncias morales que se vuelven paisaje. Cuando lo incorrecto deja de escandalizar, deja de importar. Y cuando deja de importar, se convierte en regla.
Entonces sí, la pregunta del título deja de ser provocación y se convierte en diagnóstico.
No porque exista una equivalencia literal, sino porque el concepto de vender lo que debería ser inviolable se ha infiltrado en todos los niveles de la vida. No hablamos del cuerpo: hablamos de la conciencia, de la palabra, del criterio, de la dignidad.
¿Hay salida?
Sí, pero no es cómoda ni rápida. Implica romper con la lógica dominante. Decidir que no todo está en venta. Recuperar la capacidad de decir “no”, incluso cuando eso implique perder oportunidades. Reivindicar el valor de la coherencia en un entorno que la castiga.
Y sobre todo, implica algo más difícil: dejar de justificar lo injustificable cuando nos conviene.
El cambio no empieza en las instituciones; empieza en las decisiones individuales que, acumuladas, redefinen lo colectivo. Cada vez que alguien elige actuar con integridad en un sistema que premia lo contrario, introduce una grieta. Pequeña, sí. Pero real.
Tal vez no podamos transformar todo el sistema de inmediato. Pero sí podemos decidir qué lugar ocupamos dentro de él.
Porque al final, la pregunta no es solo qué somos.
La pregunta es: ¿qué estamos dispuestos a seguir siendo?
Antonio Urbina Mendoza
ajurbina@gmail.com
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