Hace unos meses, mi hermano presentó un fuerte dolor en el pecho. El dolor de su vida. Lo llevé al hospital. La enfermera hizo las preguntas de rigor.

—¿Además del dolor de pecho ha sentido vómitos, dolor de cabeza, dolor en la garganta o dolor muscular?
—Sí, señora.
—Ah. Entonces eso es virosis. Te trataremos el dolor y te damos salida.
Al día siguiente, mi hermano presentó el mismo dolor, pero esta vez cambiamos de instalación médica.
Allí le hicieron los exámenes de rigor. El diagnóstico lo trajo un doctor diferente.
—Compadre, ¿usted cómo se siente?
—Bien. Yo me siento muy bien —dijo mi hermano—. Incluso ya no tengo dolor.
—Me alegro. Pero tú estás de todo, menos bien. Te estás muriendo. Estás infartando y tenemos que remitirte inmediatamente a una UCI cardiovascular para darte tratamiento y mantenerte monitorizado.
El diagnóstico fue un balde de agua fría. Mi hermano, que se sentía bien, estaba al borde de la muerte por un diagnóstico inicial erróneo y por su propia autopercepción. Su corazón estaba fallando, aunque él insistiera en su bienestar. Esta contradicción entre la sensación y la realidad es más común de lo que creemos, y no solo en lo físico.
La experiencia me dejó varias enseñanzas de vida y quiero compartirlas contigo.

Lo primero es que, aunque en ocasiones nuestra existencia parezca estar bien, si no tenemos a Cristo, estamos de muerte.
Fue Jesús quien dijo: «De nada sirve al hombre ganar el mundo y perder su alma».
Lo segundo es que, al igual que la enfermera, habrá personas que nos diagnostiquen mal.
Vivimos a contrapelo de las leyes divinas y habrá gente que nos aplauda. Pecamos y pecamos, y eso agrada a otros, pero por más que ante los ojos del mundo sea bien visto, ante Dios estamos muertos.
Busca segundas opiniones en la vida
El libro de Proverbios dice: «En la multitud de consejeros está la sabiduría».
Cada quien aconseja de acuerdo con lo que tiene en su corazón. Por ende, si los consejos que te han dado vez tras vez no te han ayudado a salir de esa vida infartada, lejos de Cristo, entonces cambia de consejeros.
Los autodiagnósticos en ocasiones no son buenos.
Para mi hermano, él estaba bien. Para los expertos, estaba de muerte.
Puede que a tus ojos estés bien, creas estar ajustado a las normas divinas, que eres muy buena gente, pero la Biblia es clara. Sin Cristo: «No hay nadie bueno. No hay un justo. Todos estamos perdidos. Ni siquiera uno».
Somos de todo, menos buenos.
No ignores el llamado divino.
Dios habla y llama usando el sufrimiento; no lo ignores.
El problema radica en que, al igual que el faraón, Dios cuenta con toda nuestra atención mientras «la plaga» hace estragos, pero una vez Dios nos da alivio, volvemos a la terquedad y rebeldía.
No hagas eso. Tal comportamiento nunca termina bien.
Esa misma terquedad es la que alimenta nuestra cotidianidad moderna. Vivimos en una rebeldía constante, no solo contra Dios, sino contra nuestro propio cuerpo. Creemos que podemos manejarlo todo, que el descanso es para los débiles, y llenamos nuestras agendas hasta reventar. Ignoramos el llamado divino al reposo (el Sabbat espiritual) e ignoramos el llamado físico al descanso.
Por último:

Bájale al estrés.
Este tema viene siendo recurrente desde que tengo uso de razón, pero por un oído entra y por otro sale.
El afán nos está matando. El cortisol por las nubes nos está matando y, cada vez más, el estrés está llevando a muchos a la muerte.
Cierro con una recomendación en lo físico:
No ignores los dolores de pecho. Ve al médico. Puedes estar infartando.
Ósmel Córdoba Mejía.”
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