Por Ósmel Córdoba Mejía
Columna de opinión para elnoticiario.com.co. De la naturaleza se aprende inclusive a escapar. El sabio Salomón adquirió grandes lecciones al observar la diligencia de las hormigas, la agudeza de las águilas, la cautela de las lagartijas y la humildad de los conejos.
Yo, por mi parte, saqué una enseñanza profunda y escalofriante al ser testigo de un drama entre un gato y un ratón.
El acto de la tortura sin poder escapar

Mi gata regresó a casa con un ratoncito en la boca, pero no lo mató. Estaba aún con vida. ¿Se lo comió inmediatamente? Nada de eso. Lo que presencié fue una tortura física, psicológica y emocional que se extendió por horas.
Por momentos, lo soltaba y se hacía la distraída. Cuando el ratón, desesperado, huía por su vida, le daba cacería otra vez, con una lentitud premeditada. Por instantes, se lo metía a la boca haciéndole creer que lo devoraría, pero, antes de cerrar las mandíbulas, lo escupía de nuevo.
Se le tiraba encima, le clavaba las garras sin piedad, pero nunca lo mataba. Y así lo mantuvo en una zozobra y angustia constantes por unas tres largas horas. Era una crueldad metódica, un juego de poder despiadado.
La revelación espiritual

Fue entonces cuando un versículo bíblico resonó en mi mente: “Velen y oren, porque su enemigo el diablo anda como león rugiente buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).
Esta es exactamente la misma estrategia perversa del gato. Satanás nunca podrá tragarse a un hijo de Dios —eso es imposible—, pero su fracaso en la consumación no significa que no haga todo lo posible por torturarte. Su meta es mantenerte angustiado, afanado y desesperanzado, haciéndote creer que tu final es inminente.
Su estrategia maestra es llevarte al cansancio extremo, llevarte al límite del agotamiento espiritual, físico y mental. Una vez que te encuentra exhausto y sin fuerzas para luchar, asesta el golpe de gracia. Un hijo de Dios menos en pie.
El clamor del agotamiento
Ponte en los zapatos del pequeño ratón por un instante. Su clamor mudo era: “¡Que me coma de una vez! ¡Que acabe con este sufrimiento! Ni me come ni me deja vivir en paz”.
Era evidente: ¿podría librarse con sus propias fuerzas y estrategias un pequeño ratón de su enemigo infinitamente más poderoso? La respuesta es un rotundo no.
La verdad es que, después de tanto ir y venir, y de ver ese cuadro desgarrador de sufrimiento prolongado, sentí una profunda misericordia por el animalito. Lo subí a una pala, lo libré de las garras de la gata y lo arrojé lejos, a un lugar seguro.
Solo la intervención divina

De igual modo, nosotros solo podremos ser librados de las garras de nuestro enemigo con la intervención divina. Solo Dios puede rescatarnos del afán asfixiante, la ansiedad paralizante, la angustia que oprime, las adicciones destructivas (a las drogas, el alcohol, el juego, la pornografía, las compras compulsivas, o cualquiera de estas), que nos conducen lentamente a la muerte emocional o física.
Termino con esta reflexión:
En esos momentos de profunda desesperanza, cuando todo no parece estar perdido, sino que en realidad lo está, cuando de nuestra parte no tenemos ninguna manera de librarnos y, por más que lo intentemos, no lo lograremos; es entonces cuando Dios tiene la última y poderosa palabra.
La Biblia está llena de personas al borde de la muerte clamando al Dios todopoderoso, y Dios les socorre. No en vano fue el salmista quien dijo: “Tú, Señor, me libraste de la muerte, enjugaste mis lágrimas y no me dejaste caer.” Y en otro cántico de auxilio: “Desde las profundidades de la muerte clamé a ti, y tú me oíste.”
No te dejes morir. Hay un Dios que salva.
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